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AGREGADO DE VALOR EN ORIGEN

El campo renueva las energías

Grupo Riccillo. En General Alvear, tiene la mitad de las 5.000 madres (cerdas), con sus respectivas plantas de silos y biogás.

Grupo Riccillo. En General Alvear, tiene la mitad de las 5.000 madres (cerdas), con sus respectivas plantas de silos y biogás.

En la Argentina proliferan megaproyectos que dotan a las explotaciones agrícola-ganaderas de nuevos horizontes con la producción de etanol, gas y biofertilizantes para alcanzar una economía circular. ¿Cuáles son?

Facundo Sonatti
facundo@motivar.com.ar

Tigonbu. Invirtió US$24 millones en un mega complejo agroindustrial que transforma granos en carne, pero también energía y bio fertilizantes.

Tigonbu. Invirtió US$24 millones en un mega complejo agroindustrial que transforma granos en carne, pero también energía y bio fertilizantes.

Juan Llerena es una pequeña localidad al norte de Villa Mercedes, San Luis, que vivió su propia revolución silenciosa. A solo 12 kilómetros de allí, se instaló la principal granja porcina de la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA) para abastecer la demanda del frigorífico propio, Alimentos Magros, hace casi una década.
Hoy, no solo produce cerdos, también despacha energía eléctrica a la red interconectada nacional y genera toneladas de fertilizante orgánico sin emanar un solo m3 de gas metano a la atmósfera.
El pueblo de no más de 300 habitantes que solía vivir de la actividad vial, ahora rebosa de trabajo por la demanda de 150 personas que tiene este complejo productivo levantado en el medio del campo y conocido como Yanquetruz.
Por suerte, no es el único.
Múltiples actores del sector agropecuario con distintos modelos de asociativismo y voluntad de reinvertir capital vienen haciendo punta en la creación de ecosistemas productivos que agregan valor en origen y que el experto Fernando Vilella, director del programa de Bioeconomía de la UBA, denomina Economía Circular.
“Hay que promover la “Vaca Viva” para agregar valor en origen; por eso estas inversiones deberían tener las mismas condiciones favorables que reciben las grandes multinacionales tanto bajo la Ley de Conocimiento o en proyectos como Vaca Muerta. Si lo tuviésemos, seguramente el perfil de nuestras exportaciones sería distinto”, dispara Vilella en diálogo con MOTIVAR, dando una pista de qué tan difundidos (o no) están estos proyectos a nivel masivo.
En este caso, nuestro medio también reúne el testimonio de las familias Aguilar Benítez, González y Riccillo que se animaron no solo a transformar maíz y soja en proteína animal sino también a producir alcoholes, gas, energía y fertilizantes, escalando el negocio agrícola-ganadero en sus zonas de influencias.

La “Vaca Viva”

Asociación de Cooperativas Argentinas. En San Luis, sumó a la granja porcina plantas de biogas y energía eléctrica.

Asociación de Cooperativas Argentinas. En San Luis, sumó a la granja porcina plantas de biogas y energía eléctrica.

Antonio Riccillo produce las tres carnes: vacuna, porcina y avícola, pero ahora también suministra energía eléctrica a la red. Con operaciones en la zona de influencia entre Saladillo y General Alvear, Buenos Aires, transforma el equivalente a más de cuatro barcos Panamax de granos en carne.
Son 170.000 toneladas al año.
“Argentina es un país agroindustrial y agregarle valor a la producción primaria para aquellos que somos hacedores es lo más práctico. Creemos que podemos darle una vuelta de tuerca más a la producción de proteína animal”, señala Riccillo, en diálogo con MOTIVAR.
Y sigue: “Participamos de la producción agrícola y ganadera sobre campos propios y alquilados y compramos parte de la materia prima que pasa por nuestras tres plantas de alimentos balanceados y una de crushing de soja generando 200 puestos de trabajo”.
El esquema productivo del Grupo Riccillo no termina ahí.
El año pasado, tras invertir más de US$ 5 millones, sumó una planta de energía de un megavatio hora alimentada con efluentes porcinos, cama de pollos y silos de maíz o sorgo. “No soy ambientalista, pero me gusta cuidar el medio ambiente y esa inversión reduce la contaminación y genera energía haciendo un negocio sustentable”, afirma el empresario con 30 años de trayectoria.
Riccillo no está solo. “Somos la cabeza visible de un grupo de productores e inversores que participan en las distintas sociedades”, aclara y lo pone en números: “En cada sociedad tenemos alrededor de 10 socios y nosotros conservamos una participación que oscila entre 25 y 40%. Incluso, en algunos casos, hay socios argentinos viviendo en el exterior”.
La compañía tiene 5.000 madres cerdas repartidas equitativamente entre dos granjas, produce más de 7.500 toneladas de carne avícola y pasan 55.000 cabezas bovinas por su feedlot cada año.
Entre los contratiempos, Riccillo no duda en afirmar que, “el nulo acceso al crédito y la falta de mano de obra calificada”, se cuentan entre los primeros.
Y si se trata de próximos pasos, espera volcar pronto al mercado los biofertilizantes, un subproducto de los biodigestores, a razón de 3.000 toneladas anuales, para productos orgánicos.

Las Chilcas. Una etalonera fue la solución que encontró la familia Aguilar Benítez para sumar al feedlot y así transformar todo el maíz.

Las Chilcas. Una etalonera fue la solución que encontró la familia Aguilar Benítez para sumar al feedlot y así transformar todo el maíz.

El maíz se transforma

Gastón González y su padre. Referentes entre las empresas de familias agropecuarias.

Gastón González y su padre. Referentes entre las empresas de familias agropecuarias.

La destilería Porta Hnos. fue una fuente de inspiración y asesoramiento para algunos de los productores agropecuarios que eligieron montar plantas de bioetanol en los últimos años.
Gastón González, de Tingobu, se puso en contacto con la firma cordobesa porque necesitaba dotar de valor al maíz que produce en sus 18.000 hectáreas agrícolas.
“Una de las formas de agregarle valor es el engorde de animales a corral, pero aún teníamos un excedente de maíz con el cual perdonamos plata por la distancia a puerto. Fue así que evaluamos la posibilidad de sumar la destilería con capacidad de procesar el equivalente a un camión de maíz por día”, cuenta en diálogo con MOTIVAR desde Río Cuarto, Córdoba.
“La planta de bioetanol demanda gas (GLP) que logramos suplir con la instalación de biodigestores alimentados por el estiércol del feedlot y maíz picado. A su vez, ese gas alimenta dos motores de 1,2 MW/h, cada uno, para generar energía dentro del Programa RenovAr 2 y como resultado, en las distintas etapas de todo el proceso, obtenemos vinaza, burlanda y biofertilizantes”, resume González que, en el último lustro, invirtió alrededor de US$ 24 millones en Buena Esperanza, San Luis, para levantar un verdadero complejo agroindustrial en el medio de uno de sus 12 establecimientos.
“Solo con los biodigestores, ahorramos $8 por litro de etanol; es decir, unos US$ 470.000 en gas. A su vez, estimamos en otros US$ 900.000 anuales de ahorro gracias a los biofertilizantes”, grafica los beneficios de un proyecto que termina 9.000 cabezas de ganado por año y está en plena expansión.
En cuanto a la viabilidad del negocio, el empresario asegura que cada unidad tiene margen de rentabilidad por si sola, pero al estar en una cadena integrada verticalmente mejora los resultados de la compañía haciendo más eficiente la producción. Sin embargo, admite que, en la Argentina suceden cosas, como por ejemplo, “a partir de la suba del maíz el negocio del biogás se achicó o la carne que enviábamos a restaurantes a China, que nos dejaba muy buen margen, con el desdoblamiento cambiario cayó a la mitad”.
Carne, granos, etanol, energía y fertilizantes son los productos sobresalientes en esta clase de emprendimientos.
Para Vilella, la viabilidad de estos proyectos “está en veremos”. En cuanto al medio ambiente, sostiene que, los consumidores van a exigir cada vez más.
“Las producciones intensivas de carne demandan plantas de tratamiento de efluentes para su transformación en biogás como fuente de energía”, señala el especialista, donde también ve una ventaja: “Estas renovables pueden ser producidas todo el año a diferencia de la eólica o solar, es decir, son complementarias. A su vez, la cercanía con los centros de consumos es otro punto a favor”.
En el norte de Córdoba, los hermanos Aguilar Benítez hacen lo propio.
Las Chilcas es un proyecto familiar que tiene como base 5.000 hectáreas agrícolas propias, más otras tantas arrendadas, un feedlot que termina 34.000 cabezas al año y que, a partir de la reinversión genuina de cerca de US$ 12 millones, sumó una planta etanolera, biodigestores y una granja porcina.

Mario Aguilar Benítez y su esposa. En su granja porcina del norte de Córdoba.

Mario Aguilar Benítez y su esposa. En su granja porcina del norte de Córdoba.

“Esas unidades de negocio se sumaron para contrarrestar la variabilidad del clima ante una agricultura sobre secano que aún aporta un 50% del margen de nuestra empresa”, aclara Mario Aguilar Benítez en diálogo con MOTIVAR, uno de sus propietarios. Y agrega: “Tenemos una fuerte vocación de emprender e integrar áreas, pero también contamos con la capacidad de hacerlo”, tratando de explicar por qué muchos otros productores aún no eligen imitarlos.
La granja porcina que suma 550 madres está concebida para escalar hasta las 2.000. A su vez, el feedlot también tiene margen de crecimiento, no así las hectáreas agrícolas.
“Entre los próximos pasos tenemos en estudio sumar paneles solares para la generación de energía renovable y la posibilidad de sumar sistemas de riego para reducir la variabilidad climática”, adelanta el empresario que sumó una etanolera con el doble propósito de dotar de valor al maíz y autoabastecerse de la burlanda para sus animales.
Como siempre, casi por decantación, llegaron los biodigestores para reemplazar el GLP. “En el feedlot el 80% de lo que encerramos son clientes de hotelería y es importante mostrar que hacemos las cosas bien”, sostiene Aguilar Benítez en clara referencia a su modelo productivo.
“En todo este proceso fuimos arriesgando. Así en 14 meses, recuperamos la inversión de la granja porcina porque lo hicimos con créditos productivos y justo se dio antes de un salto del dólar. Algo parecido sucedió con la planta de biogás, no así con la etanolera porque lo que sabemos que ocurre con los precios”, compara. Y agrega: “vengo del mundo financiero, viví 15 años en el exterior y estaba acostumbrado a armar planes de negocios y me resultó fácil hacerlo, pero muchos prefieren el estado de confort”.
En ese sentido, González afirma que toda su inversión se hizo pensando en el futuro, desde la trazabilidad, cuidando el medio ambiente e incluso contando una historia. “Tenemos una cabaña de Angus Colorado con 50 años de trayectoria, es decir, en cada uno de nuestros cortes hay una historia con una huella de carbono muy baja y creemos que es cuestión de tiempo para obtener la recompensa”, señala. Y admite: “Quizás nos adelantamos al hacer todos estás inversiones en la Argentina”.

La energía como necesidad

Antonio Riccillo, padre e hijo. Lideran un equipo con 200 colaboradores.

Antonio Riccillo, padre e hijo. Lideran un equipo con 200 colaboradores.

Julián Echazarreta, subgerente general de ACA, afirma que, el proyecto Yanquetruz en San Luis surge de la necesidad de dotar de ese sentido de economía circular la producción tanto para calefaccionar los galpones como también para reducir los gases de efecto invernadero.
“No hay que perder de vista que un cerdo defeca hasta siete veces más que un ser humano y eso nos aporta un recurso valioso que no podemos dejar metanizarlo en una pileta contribuyendo a la generación de gases de efecto invernadero, cuando bien conducido y tratado puede transformarse en energía tanto calórica como eléctrica”, dispara uno de los mentores de este proyecto de ACA que, hoy, suma 2.900 madres, pero aspira superar las 5.000 en el mediano plazo.
“En esa explosión de los motores para generar energía se eleva la temperatura tanto en las camisas y escapes lo que se conduce a los propios biodigestores para que trabajen naturalmente las bacterias y el resto se destina a los galpones a través de agua para lograr tener una temperatura controlada”, simplifica el proceso.
Y completa: “esto es clave para mitigar la amplitud térmica, pero por ejemplo, en Alemania, incluso se usa para calefaccionar los pueblos cercanos con ese proceso generado en las granjas”.
La energía eléctrica se vuelca a la red nacional, porque en la granja solo utilizan el equivalente a un 12% de lo que generan esos 1,2 MW/h. “Nosotros hicimos este proyecto antes de los RenovAr porque necesitábamos la energía. Fuimos pioneros, pero tuvimos un costo de aprendizaje importante”, admite Echazarreta.
Y sigue: “Todo lo que se hace en materia de generación está pensado para plantas de mayor escala, incluso los contratos que se firman son muy considerables con seguros técnicos. Es decir, que la inversión es muy importante y muchas veces atenta contra la rentabilidad de estos proyectos. A su vez, en la Argentina, tampoco hay masa crítica y no generamos clusters para acceder a repuestos y técnicos. Por último, otro tema tiene que ver con los bonos de carbono donde era más cara la certificación que lo que íbamos a recibir por los mismos. Y si bien hoy podemos decir que es rentable el recupero es más extenso de lo previsto”.
ACA enterró cerca de US$ 8 millones en este proyecto sin siquiera incluir el costo de las granjas porcinas.
“Desde el punto de vista del medio ambiente, sin esa inversión no sería sustentable el criadero porque estaríamos emitiendo metano a la atmósfera. Por otro lado, después de tener 70 días la materia prima en esos biodigestores lo que queda es un producto muy rico en fósforo, nitrógeno y micronutrientes, a razón de 700 toneladas de fertilizantes al año”, completa el ejecutivo. Y advierte: “tampoco tenemos un mercado desarrollado de fertilizantes orgánicos por eso aún lo utilizamos en nuestros propios campos tanto de maíz como sorgo, entre otros”.
Finalmente y complementando este informe de MOTIVAR, Fernando Vilella sostuvo que “Argentina aún se debe una normativa que regule e incentive esta clase de proyectos que -por ahora- se desarrollan a partir de iniciativas privadas, pero sin un marco más amplio que las cobije”.
En el futuro y más allá de los contratiempos argentinos, proliferarán propuestas incluso con mayor valor agregado.

Humano: el recurso imprescindible para alcanzar los objetivos

Uno de los grandes mitos que sobrevuela al campo es que no genera grandes fuentes de trabajo. Algo que rápidamente queda desechado si se repasa el antes y después en las zonas de influencia donde las familias Aguilar Benítez, González, Riccillo y los productores miembros de la Asociación de Cooperativas Argentinas levantaron verdaderos complejos agroindustriales en los últimos años.
Antonio Riccillo dice ser un defensor de la cultura de trabajo y asegura que, si bien son 200 los colaboradores directos en torno a sus distintas unidades de negocios, dar con trabajadores calificados es una tarea difícil. Algo que se repite en San Luis, donde tanto ACA como Tigonbu generan 150 y 90 puestos directos en torno a sus instalaciones.
“Donde antes veíamos bicicletas, ahora hay decenas de autos”, compara Julián Echazarreta, subgerente general de ACA para resumir la satisfacción que le genera a la asociación el impacto que tienen este tipo de proyectos en los pueblos del interior.
Para Gastón González, al frente de la compañía que nació de la mano de su abuelo, en Buena Esperanza, el pueblo de 3.000 habitantes pegado a uno de sus campos, en el pico de la construcción del complejo, hubo 200 personas trabajando.
“A su vez, de la mano de un colegio muchos alumnos se están especializando en dotar de valor agregado al maíz, estamos ofreciendo un trabajo con sueldos que no se dan en la zona y le damos la oportunidad de ser parte de estos proyectos productivos. Generamos triple impacto: social, ambiental y claramente económico”, sostiene el empresario.
Algo similar ocurre en el norte de Córdoba, entre Rayo Cortado y Villa de María de Río Seco, donde Las Chilcas suma 105 colaboradores. Para Mario Aguilar Benítez, uno de sus propietarios, “hay que tener vocación de emprender. Nuestros colaboradores son quienes lo hacen posible, nosotros debemos servirlos”.

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