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En tu día, 3 historias para sentir orgullo por ser veterinario

Fotografías del archivo histórico de la UNLP.

Desde la primera camada de egresados con diplomas en 1888, la Argentina albergó y potenció a los pioneros que trazaron la historia de cada veterinario en América Latina.

Dentro del esquema productivo que sostiene la economía de la Argentina, las mujeres y hombres dedicados al estudio de la medicina veterinaria han tenido –a lo largo de los últimos 139 años– un rol protagónico en la tarea de impulsar la producción de grandes animales de los establecimientos, los tambos, las granjas. Así, de la revisión cronológica de la historia de los veterinarios, fundamentalmente en sus registros iniciales, se desprenden un sinfín de relatos de héroes anónimos con logros audaces; textos, cartas, registros gubernamentales antiguos; archivos de los dos últimos siglos que configuran actualmente una crónica clara sobre la tenacidad intelectual de aquellos veterinarios pioneros; en sus trayectos personales quedó cristalizado, sin más, el destino de uno de los principales países productores de carne animal. 

1.

De arte a ciencia: el veterinario argentino, en el campo durante sus comienzos

Fotografías del archivo histórico de la UNLP.

La Escuela de Veterinaria de la provincia de Buenos Aires fue la primera institución educativa para profesionales del sector en Sudamérica, y con el tiempo se transformaría en la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Hacia finales del siglo XIX, el perfeccionamiento de los métodos para tratar y conservar la carne –con proyecciones de exportación– transformó en una necesidad evidente la contratación de veterinarios, pues se dispararon los índices económicos de un sistema de producción ganadera regulado sanitariamente, hasta entonces, nada más que por los conocimientos de los baqueanos, y por sólo dos especialistas en tratamientos para animales, que habían llegado poco tiempo antes desde Europa. En este contexto, una sucesiva cadena de iniciativas estatales concluyó con la constitución formal del Instituto Agrícola, conformado por la Casa de Monta, la Escuela de Veterinaria; y también la Escuela Práctica de Agricultura, funcionando ésta última como un internado donde llegaban jóvenes huérfanos de buen comportamiento, que manifestaban su voluntad de tomar cursos específicos con la intención de trabajar luego en los sembradíos del campo.

Entonces, la primera escuela de veterinaria funcionaba muy lejos de los puertos y de los centros urbanos, e integrada con un orfanato para adolescentes pobres, que convivieron contemporáneamente –según los relatos históricos– con los herederos de los estancieros que integraron buena parte de las primeras camadas de medicina veterinaria; el edificio estaba emplazado en una zona conocida en aquel tiempo como Santa Catalina, que aún en la actualidad es una reserva ecológica, enmarcada por los extensos caseríos bonaerenses del partido de Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires; y que en los días del pasado no era más que un interminable bosque en medio de la nada, donde los estudiantes debían pasar cerca de cinco años antes de obtener su título.

Fotografías del archivo histórico de la UNLP.

El 6 de agosto de 1883, comenzó su ciclo lectivo la primera camada de 16 estudiantes de la Escuela de Veterinaria, provenientes en su mayoría de familias de clase alta; buscaban allí el diploma que, entonces, acreditaba “capacidad para ejercer el Arte Veterinario”; empezaron sus estudios en un país, y los terminaron en otro totalmente distinto: de arte a ciencia. El 23 de julio de 1888, el mendocino Custodio Ángel Martínez, el porteño José María Leonardo Agote y el catamarqueño Calixto Ferreyra recibieron un diploma que señalaba a cada uno de ellos con el título de “Competente en la Ciencia Veterinaria”. Los profesores que dieron vida a esa institución vinieron todos desde Bélgica y Francia; fueron el ingeniero civil Camilo Gillet, los ingenieros agrónomos Gustavo André y Julio Frommel; y los veterinarios Carlos Lambert, Carlos Tombeur y Desiderio Bernier. Todos ellos, respaldados por el abogado y funcionario público Mariano Demaría, crearon y sostuvieron en la primera Escuela de Veterinaria, además, el Instituto de Vacuna Animal contra la Viruela, también el primero de América, que envió miles de dosis hacia Uruguay, Brasil y Paraguay. 

 

2.

Mujeres veterinarias, pioneras en la Universidad de Buenos Aires (UBA)

Amalia Pesce rindió su último exámen en la FCV en 1936 y se transformó así en la primera mujer en completar el plan de estudios de la institución. Este fue el comienzo de su historia profesional, signada –tal como recopiló oficialmente la UBA en diferentes informes– por constantes colaboraciones con la investigación científica: “Se destacó por sus aportes en microbiología; trabajó en la Sección Patología Animal del Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación, donde creó el primer laboratorio de anaerobios. Luego, becada por el gobierno francés, se perfeccionó en el Instituto Pasteur de París. Regresó al país, y se dedicó al estudio de los sueros y vacunas”. 

Según se reconstruyó en el libro oficial “Cien años de enseñanza” –cronología de los hitos de la Facultad desde su fundación– Pesce no fue bien recibida en el comienzo de sus años de estudiante, justamente por ser la primera mujer en atreverse en esta especialidad de la UBA. Enfrentó adversidades, inclusive hasta en el día de su último exámen, se indicó en el libro citado.  “A fuerza de simpatía y de las virtudes que adornaban su personalidad, la joven emprendedora fue ganándose la amistad de los compañeros y el reconocimiento de los profesores”, detalla la publicación oficial de la historia de la FCV. Justamente, en esta misma obra, se indica que, cuando Amalia Pesce rindió su última prueba, una visible cantidad de personas reunidas esperaron junto a ella la calificación final. De hecho, se retoma en los relatos una suerte de mito de la Facultad: tal como ha quedado instalado en el imaginario, cuenta la historia que un profesor se negaba a tomarle el exámen final a Amalia, porque no quería ser él quien aprobara el egreso de la primera mujer con título de veterinaria.

Fue allí que un anónimo y joven asistente de Cátedra –siempre según el relato popular transcrito en el libro– logró engañar a este profesor, convenciéndolo de que la joven Amalia aún tenía otras materias pendientes, insistiendo en que no se recibiría aún; para que el docente cediera, se presentara en la mesa, y le permitiera a la chica rinda su última prueba. Recientemente, en el contexto del Día Internacional de la Mujer, la UBA destacó en un comunicado oficial la historia de sus primeras egresadas para subrayar que fueron ellas quienes dieron comienzo –desde su propia experiencia de vida– al compromiso institucional “en la lucha contra toda forma de violencia y discriminación por razones de género”. Fueron María Teresa Pansecchi, Antonia María González, Carmen Esther Núñez, Rafaela Matilde Dolcetti y Estela Susana Menchaca las encargadas de continuar, en aquellos años, con el legado de Amalia Pesce. 

3.

Veterinario argentino: la literatura de Juan Manuel de Rosas y de José Hernández  

Entre la Revolución de Mayo, en 1810, y la primera etapa de industrialización del mercado de la carne, hacia finales de ese mismo siglo, en los campos aborígenes y salvajes de la Argentina proliferaron sin control las tropas de ganado cimarrón, en conjunto con las cruzas de los primeros estancieros que apostaban por sistemas precarios de reproducción. En rigor, hasta ese momento, la mayoría de los textos provenían de Europa, donde el proceso fundacional de institutos de educación para veterinarios había comenzado con anterioridad. Y fue justamente en este período donde se registran, por un lado, las primeras publicaciones técnicas-literarias que versaban específicamente sobre la sanidad animal contextualizada en la actividad ganadera. Por eso, las primeras camadas de egresados –fundamentalmente de La Plata– tuvieron el privilegio de entrar en contacto con libros históricos, primeros registros escritos en español de la producción sistemática de animales en la Argentina.

Entre estas obras se destacaron “Instrucciones a los mayordomos de estancias” (Juan Manuel de Rosas, 1819), “Instrucción del estanciero” (José Hernández, 1884), “Tratado sobre el ganado vacuno” (D. P. Ponsati, 1862). Y, a pesar de los avances que hubo en estos 139 años de la historia veterinaria de la Argentina, un enunciado que José Hernández –autor del “Martín Fierro”– plasmó en su libro sobre ganadería, pareciera conservar cierta vigencia escondida entre palabras: “En nuestro país se escribe muy poco sobre industria rural. Todos cuantos se dedican al cultivo de la inteligencia y al comercio de las letras, dan a sus fuerzas direcciones extrañas a la industria nacional, y recorren el vasto campo de la literatura, cultivándola en la forma galana de la poesía, en las originales invenciones del romance, en los ardientes arrebatos de la prosa política, en las delicadas investigaciones históricas, en las disertaciones doctrinarias del derecho, o persiguiendo otros variados propósitos, de muy elevado interés público, pero ajenos á las exigencias industriales y a la naturaleza de nuestra riqueza fundamental”. 

En la Argentina, la historia de los veterinarios ha quedado por siempre definida a partir del temple de sus protagonistas, mujeres y hombres, audaces, intrépidos, que lograron abrirse camino; en un principio, contra los campos salvajes, contra la falta de herramientas. Fue un camino de descubrimientos que los unió cercanamente con productores, e incluso con los principales escritores y actores sociales de su época, como Rosas o José Hernández, tal como la propia literatura publicada en épocas de antaño lo corrobora. Y, luego, frente al correr del tiempo, el avance de la industrialización, los desafíos cambiaron, pero –en concreto– persistió la voluntad de superarse individualmente para contribuir, desde el propio cambio inicial, con una sociedad sana, mejor. ¡Por todo eso, y por muchos logros más que esperan en el futuro: feliz día para las veterinarias y veterinarios argentinos!

*Nota del redactor acerca de las fuentes consultadas: para la generación del contenido específico integrado en esta crónica periodística, fueron leídos y analizados los registros públicos de información histórica de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), institución que posee el crédito de propiedad sobre las fotografías que acompañan el artículo; también se consultó información pública y oficial publicada por la Universidad de Buenos Aires, concretamente de la Facultad de Ciencias Veterinarias, además del material bibliográfico citado específicamente en el cuerpo del texto con referencias de nombres de autores y fechas de publicación. 

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